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Cine argentino

La calle de los pianistas

Por: Laura Ávila

A casi un mes de su estreno, el documental de Mariano Nante sigue su paso triunfal por la cartelera porteña.

En un calle de Bruselas hay dos edificios gemelos. En los dos viven familias de pianistas. Martha Argerich es vecina de los Tiempo-Lechner, virtuosos docentes y concertistas. La abuela es la matriarca, eximia pianista y pedagoga del instrumento. La madre, Karin Lechner, es una concertista exquisita. Y la hija, Natasha, es la nueva promesa, una auténtica niña prodigio que justo está entrando en la adolescencia.

Todos esperan lo mejor de ella, pero Natasha no sabe si de grande quiere seguir con el camino que le han marcado sus mayores.

Esta es la línea narrativa de La calle de los pianistas, sencilla y delicada pieza de Mariano Nante, basada en una idea original de Sandra de la Fuente. Es un documental que registra pequeños gestos de la vida cotidiana de artistas que, de alguna manera, también son forjadores de su destino.

Con mucha sutileza, asistimos al nacimiento de una persona individual, al momento exacto en donde se suelta la mano de alguien que nos alimentó toda la vida, en un sentido físico y espiritual. En cierta forma, eso le otorga algo del orden de lo sagrado al metraje, una emoción intensa que traspasa la mera anécdota de una chica bienquerida en el seno de una familia que le ha dado todo.

Natasha y la cámara se llevan muy bien. Hay una corriente interna de rebeldía y de querer ser bullendo dentro de ese cuerpito frágil, de ballerina. En el fondo ella es fuerte, digna rival, digna heredera, digna hija de esa madre magnífica que la quiere y compite con ella. Como toda buena madre que se precie.

Es acertado el trabajo de cámara y de fotografía, y el montaje está llevado a conducir un relato familiar buscando los nodos de una ternura femenina, que es la ternura más dura que existe. 

Otra cosa interesante es ver documentado el asunto de la disciplina del artista. Artista se nace, pero el talento necesita hábitos, estudio, dedicación. Esa rutina tediosa, que todo aquel que posea el fuego sagrado sabe que existe, determina y condiciona el hacer artístico. Y la familia de Natasha Binder muestra esos rituales para alcanzar la excelencia de una manera cotidiana y divertida.

La secuencia de Martha Argerich escuchando a través de las paredes es sencillamente gloriosa. Y la del recital del final, que estructura la narración, es muy fuerte y cierra de un modo rotundo el devenir de una vocación. Recomendada.

 

 

 

 

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