RECOMENDADOR DE ARTES Y ESPECTÁCULOS

Drama

Juegos de amor y de guerra

Por: L. A.

Una puesta del gran Oscar Barney Finn sobre un texto de Gonzalo Demaría.

En 1942, hubo un escándalo en la alta sociedad porteña. Algunos cadetes del Colegio Militar, de familia patricia, fueron retratados en paños menores en una casa licenciosa. Se cubrían los miembros con la gorra del uniforme, un uniforme sagrado para los coroneles, que defendían el honor del país como si fuera el virgo de una niña.

Basándose en esa historia verídica, Gonzalo Demaría escribió una obra redonda, limpia, vibrante de tensión dramática y con una estructura impecable. Contamos ya, de buenas a primeras, con el infrecuente  placer de sentarnos a que discurra la trama.

Como en todas las obras de Gonzalo, hay un hijo torturado y una madre abusiva. Y viceversa.

También hay un capitán nacido verdulero, que quiere alcanzar a capa y espada un lugar prominente en la escala social. Una guerra. Un cadete que calla y sufre por amor. Un transformista ruso, bello y patético, que parece salido de un sueño.

Los roles de los sexos están cruzados. La madre es enterrada de pie, porque es un macho, una gauchesa otrora terrateniente que se monta al país a pelo.

Conciso, afilado, Juegos de amor y de guerra es un drama pero también tiene pasajes de ácido humor, como Demaría acostumbra a brindarnos, hurgando siempre en los bajos fondos de nuestra Historia.

Oscar Barney Finn es un Director Integral. Sobrio, prolijo, con elementos mínimos despliega un clima exacto. Espartano, con una dirección de actores que potencia el texto, hace relucir todo lo que tiene, lo multiplica con su experiencia y su talento.

Y el elenco es la frutilla del postre: Luisa Kuliok  brilla como esa madre maldita y casquivana, logrando una química perfecta con Diego Mariani, que compone un capitán sanguíneo, de arrabal. Walter Bruno es el atormentado cadete caído, Diego Vegezzi es su compañero de cuartel. Sebastián Holz  la rompe con su personaje de Celeste Imperio, la chica trans un poco marinero, un poco ángel, un poco Marlene Dietrich. Todas sus apariciones son mágicas.

Esta es una obra para disfrutar y reflexionar sobre nuestro pasado y sobre nuestro presente, para repensar esa patria tan monstruosa, tan tirana, tan masculina nuestra. Recomendada.

Centro Cultural de la Cooperación.

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