RECOMENDADOR DE ARTES Y ESPECTÁCULOS

Drama

La semilla

Por: María Simons

Entrar a una sala donde trabaje Cristian Drut es algo “convencional”. El tema es cómo se sale, aquí el valor agregado de sus puestas. 

En esta oportunidad, Drut eligió trabajar sobre un texto del particular dramaturgo mexicano Edgar Chías, de quien hemos conocido la obra Eufemos, o la merienda de los negros, hace casi una década, en un ciclo realizado en el Rojas, con dirección de Matías Feldman.

La semilla es una historia en capas: habla de amor, de identidad, de luchas, pero fundamentalmente es maravillosamente desquiciada. Es uno de esos materiales que estarán por mucho tiempo y como referencia para los espectadores.

Drut toma partido por contar la historia de la manera más complicada, haciendo que el espectador se mantenga activo en cada segundo. Este punto lo hace con soltura, ya que en escena posee un especial elenco, al cual ha dirigido con gran experticia, valiéndose de algunos en la convención de roles desdoblados: Liliana Weimer compone una intelectual Doctora Ríos, a la vez que, con exquisita belleza, encarna a la sensual Lala.

Carolina Tejeda, ese monstruo sagrado de nuestra escena, compone a Marie, un ser que alquila su vientre para cultivar la semilla, y también al interesante personaje Sonja. Drut elije nuevamente a Tejeda, al igual que lo hace con Emanuel Parga, quien diseñó la puesta de luces de anteriores espectáculos y aquí compone tanto al padre como a Gerard.

La semilla es encarnada por Denise Quetglas.

Olinda debe encontrar su pasado e identidad, transformar vagos recuerdos y sensaciones en su realidad.

En ese proceso, le son arrojados al espectador los más sofisticados proyectiles teatrales y no saldrá ileso, necesitará tiempo para abandonar su butaca al término de este canto a la vida, de este rompecabezas de la genealogía. 

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