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Drama

Perro, un cuento rural

Por: Laura Ávila

Un espectáculo que se pregunta acerca de la humanidad, buscándola en su costado más bestial.

Había una vez un perro. Con esta línea comienza la historia de un niño bestializado. Un cachorro humano entrenado para pelear, atado a una suerte de sorda querencia.

El perro vive en el campo, en un rancho del interior de Buenos Aires. Lo rodea la Pampa, como un mar. Pero no está solo. Tony, su entrenador, se complace en azuzarlo y  conseguirle peleas para salir de la pobreza. Leyla, de vez en cuando, le hace caricias en la panza, lo humedece, lo acicala.

Este mundo desangelado e inquietante, que tan bien supo relatar el dramaturgo y realizador Hernán Grinstein, se completa con un brujo y un levantador de apuestas que toman caña en una pulpería.

El diseño del espacio, la escenografía y la iluminación sugieren un universo secreto que flamea a veces entre las velas prendidas al Gauchito Gil y los rezos que nadie parece escuchar. Nos remiten a un lugar incómodo, que no queda demasiado lejos: ese rincón violento, de mazorqueros vencidos, que aparece cuando por alguna razón, se nos salta el esmalte de la ciudad “civilizada”.

El propio Grinstein compone al Perro, logrando una criatura inocente, pura en su rabia y su deseo. Maday Méndez es Leyla, una especie de roja caperucita que cuenta con un perrazo que la defiende.

Tony, ese paisano amoral y cruento, está muy bien logrado por José María Marcos. Y Francisco Franco y Tulio Gómez Alzaga completan el elenco componiendo los ricos personajes de la pulpería, Ricardo Verde  y el Tuerto.

Abigarrado, mitológico y profundamente misterioso, Perro, un cuento rural esconde una terrible belleza, más allá del umbral de la violencia. La sórdida poesía del amor, la familia que nunca termina de armarse y la mano mordida del amo son puntas que componen el complejo mapa de unas relaciones humanas.

 

 

 

 

El Método Kairós

El Método Kairós. El Salvador 4530.  Viernes a las 20:30.